Texto de Arturo Fernández Dominguez
(Doctor en Derecho)

Recordando el espléndido discurso de D. Francisco Giner de los Ríos en la apertura del curso académico 1880-81 de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), que reproducimos por su gran calidad, importancia y modernidad. La Institución Libre de Enseñanza (ILE), prestigiosa entidad educativa y cultural española exiliada, perseguida, ocultada, silenciada, olvidada, manipulada o tergiversada, falseada y utilizada, desde la guerra civil y durante el franquismo y su monarquía borbónica y católica, y, por todo ello, desconocida -desgraciadamente- hoy día en nuestro país. Necesidad y urgencia de la recuperación definitiva de la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), el Instituto-Escuela y la Residencia de Estudiantes de Madrid, de su legado (filosófico-político, educativo, cultural, científico, laico y ético) y memoria histórica para el desarrollo y progreso de la España presente y futura.

Autor: FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS.
Rector de la INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA (ILE).

Señores:
Germinada en el hervidero de las ideas con que sacudió nuestra pereza intelectual el impulso de la libertad de enseñanza; nacida luego en medio de una crisis profunda, y a favor de ella, como todas las obras firmes de la humanidad y de la vida; gradualmente desenvuelta a compás de la evolución con que ha ido granando en sus senos la conciencia de su fin; penetrada de severo respeto hacia la religión, el Estado y los restantes órdenes sociales, la Institución Libre, de día en día más próspera y fecunda para bien de todos ¿aún de sus adversarios?, merced al concurso espontáneo de la sociedad, a quien después de Dios todo lo debe, viene hoy a renovar ante ella sus votos, tendiendo con amistosa fraternidad la mano a todas las doctrinas y creencias sin ceras, a todos los centros de cultura, a todas las profesiones bienhechoras, a todos los partidos leales, a todos los gobiernos honrados, a todas las energías de la patria para la obra común de redimirla y devolverla a su destino.
Obra es esta, señores, que pide clara concepción, labor profunda, ánimo sereno, devoción austera, paciencia inquebrantable. De ese común espíritu imbuidos los diversos órganos de la vida social, aportan a ella todos, cuando permanecen fieles a su vocación, el generoso fruto de su ministerio. Extiende la religión entonces por do quiera la santidad de la virtud, la paz, la tolerancia, la concordia, el solidario amor entre los hombres, hijos de un mismo Padre, que cada cual invoca en su distinta lengua; despierta la conciencia de la unidad radical de las cosas y presta a todas, aun las más humildes, un valor trascendental y supremo y una como participación en lo infinito. El arte de lo bello depura el sentimiento, ordena y disciplina la fantasía, remueve las entrañas de la naturaleza, nos abre el inagotable venero de goces sanos, íntimos, varoniles, y desenvuelve en nosotros un sentido ideal, que sabe hallar mundos y regueros de luz, aun allí donde el vulgo tropieza entre tinieblas. La industria y el comercio dilatan de día en día los horizontes de la civilización, a expensas de los de la barbarie, estrechan los vínculos entre las naciones, acercan el pan del cuerpo, y el del alma, a muchedumbres cada vez más y más numerosas, que así logran los medios de vivir una vida digna de seres racionales; ennoblecen el trabajo, emancipan a las clases jornaleras de la servidumbre de la fuerza bruta; a las clases ricas, de la servidumbre de la ociosidad y del parasitismo, y obligan a unas y otras -las más atrasadas hoy en nuestro pueblo- a que de buen o mal grado entren a participar de los derechos, de la responsabilidad y de la cultura que con labor tan ímproba dispone para toda la historia. La beneficencia -uno de los nombre de la justicia- llama a su seno al niño abandonado, que un día pedirá de palabra, o de obra, estrecha cuenta a quienes le desamparan hoy en la vía pública para arrogarse mañana el derecho de tratarlo como a bestia salvaje; al proletario, víctima quizá de su atraso e incuria, o de la incuria y el atraso ajenos, y de la supuesta fatalidad invencible de las leyes del mercado económico; al delincuente, de cuya regeneración ya sólo desespera una psicología ignorante, última defensa de las dos instituciones más bárbaras de nuestra organización criminal: la pena de muerte y las prisiones en común, a la española; al anciano, al enfermo, al vicioso, al inútil; en fin, a esa desventurada mujer, cuyo oficio ha elevado la sabiduría administrativa de nuestra edad al rango de una profesión reglamentada, sometida a tributo y garantizada con el diploma y sello del Estado.
Y, sin embargo, ese mismo Estado o -hablando con mayor propiedad- los gobiernos, sus órganos directores, ¡cuán generoso servicio prestan a la patria, si la virtud moral de sus depositarios les compele a enfrenar su intereses egoístas! Consagrase entonces, en servicio del derecho, a traducir en fórmulas ideales las aspiraciones oscuras, pero sanas y firmes de la conciencia nacional, mantenida sin usurpación en su fuero legítimo; someten luego a esas fórmulas todas las voluntades, aun las más rebeldes; conservan la unión orgánica entre la diversidad de los fines humanos, con que triunfa en suma la justicia, cooperando al destino que a cada pueblo por su vocación cardinal corresponde en la historia. ¡Cuán humildes, y por bajo de este deber espléndido, quedan ahora todas las soberbias fantasías de un poder tan limitado en realidad, tan omnímodo y absoluto en la apariencia!
Así considerado este método intuitivo, realista, autópico, de propia vista y certeza, el método, en suma, de Sócrates, no es un proceso particular, empírico, ni mejor entre otros, sino el único autorizado en todo linaje de enseñanzas. No es, pues, maravilla si, aplicado a la infancia en los tiempos modernos, merced a los esfuerzos de Rousseau, de Pestalozzi, de Froebel, va poco a poco extendiéndose a diversos estudios (…)
Yo no sé si por ley de su naturaleza, más de seguro sí por la del tiempo, entre esas fuerzas civilizadoras de nuestra sociedad, corresponde el primero y más íntimo influjo a la enseñanza. Debido, empero, a causas muy complejas, dependientes de una imperfecta concepción del ser, vida y desenvolvimiento del hombre, hoy es el día en que apenas principia a ser considerada en la integridad de su destino. Por fortuna, aun aquellas dos grandes naciones a quienes la humanidad tanto debe, pero en las cuales la enseñanza ha tenido el carácter más intelectual posible, Alemania, la patria del nuevo escolasticismo -como se la llamaba no ha mucho-, Francia, donde oscilaba entre el mecanismo y la retórica, principian, bajo el imperio de las nuevas ideas, a reformar sus instituciones docentes para concertarlas con las sociedades actuales.
A difundir este sentido universal, educador e íntimo, que no tiende a instruir, sino en cuanto la instrucción puede cooperar a formar hombres, aspira con sincero esfuerzo la Institución libre, de cuyo pensamiento quisiera en esta hora ser fiel órgano. Si es cierto que, no obstante las encarnizadas contiendas a que viene dando lugar en nuestro tiempo la enseñanza, no ha cesado en ella de reinar uniformidad absoluta, aun entre las direcciones más opuestas, y que do quiera las escuelas libres, apellídense laicas, católicas, evangélicas o de otros varios modos, suelen modelarse sobre las del Estado, nadie podrá desconocer que la Institución atiende a evitar esta censura. La situación de una escuela privada, en comparación con las oficiales, sobre todo en los pueblos latinos, le impone, con efecto, ciertas obligaciones. Y digo -en los pueblos latinos-, porque éstos, en vez de emancipar gradualmente su enseñanza pública hasta constituirla con plena independencia, sin cerrar por esto el camino a otros centros docentes, la han venido manteniendo en el mismo grado de tutela con raras excepciones y lúcidos intervalos. Y es que la consideran como un servicio administrativo, a la manera de la diplomacia, la policía o la recaudación de los impuestos.
Ahora, si en esos pueblos, consumidos por la división de la conciencia pública, cuando no por la fiebre de las revoluciones, la enseñanza del Estado se halla destituida de una tradición conservadora, análoga a la de las clásicas universidades inglesas, ofrece, sin embargo, merced a la inercia de los mecanismos que la articulan a la administración, ciertas resistencias al espíritu de reformas. Aumenta esas resistencias la cortedad del instinto centralizador, que se entristece y apura y mortifica si todos los maestros y corporaciones docentes, como todas las instituciones, clases, órdenes, y a ser posible hasta las familias y aun los individuos, no piensan, hablan, viven y se mueven exactamente por el mismo patrón. Más aun sin esto, y sin la falta de iniciativa que de aquí proviene, la discordia de los bandos políticos tan enconada en estas razas, la inestabilidad de los gobiernos, las dificultades para hallar ocasión, calma, personal numeroso, recursos, bastan quizá para explicar los obstáculos, a veces saludables, pero a veces dañosos, con que en esas escuelas tienen que luchar las ideas progresivas que inspiran a tantos de sus ilustres miembros.
A las privadas no es lícito invocar semejantes excusas. La libre voluntad las engendra y mantiene, determina el horizonte de sus fines, sus medios de lograrlos, sus tendencias, sus métodos; y si en el engranaje de la vida social puede surgir algún conflicto entre lo que estiman su deber y sus intereses momentáneos, nada disculpa su caída: como que poseen, con mayor libertad, una responsabilidad también mayor e inevitable.
Parte esencial de aquel deber, y no sé si la más imperiosa por lo que concierne a los progresos de la patria, es la aplicación de esta libertad a corregir, hasta donde sus fuerzas lo permitan, los males que la experiencia ha revelado en la esfera social a que su actividad corresponde. Miembros independientes, sui juris, de la comunidad nacional, ¿qué menos pudiera ésta exigirles que una consagración infatigable al ensayo de más seguros medios para realizar una obra, comprometida y mal lograda allí donde era difícil abandonar los antiguos? Cooperan también de este modo, ajenas a toda emulación, al mismo noble fin de la enseñanza del Estado, el cual a su tiempo, advertido con el ejemplo de sus tentativas, aceptará para sus institutos docentes aquellas reformas acreditadas por el éxito.
Así, la Institución, orientándose primero -en medio de los tanteos irremisibles de todo aprendizaje- en los progresos obtenidos por otras naciones y enviando a sus profesores para estudiarlos de cerca; procurando después adaptarlos a nuestro genio y circunstancias; completándolos, por último, con el fruto de su experiencia propia, ha podido tal vez, en medio de su poquedad y sus limitaciones, iniciar algún nuevo camino, enteramente acorde, sin embargo, con el movimiento actual de la de la cultura pedagógica.
Ejemplo son de la solicitud con que procura obedecer a ese movimiento, la adopción de los métodos intuitivos en todos los grados, no ya de la primera, sino de la segunda enseñanza; la introducción de la gimnástica, llamada a mejorar las condiciones de una raza empobrecida; del dibujo, que tan maravillosamente despierta el espíritu de observación y el amor a la naturaleza y el arte; del canto, que inicia el sentido estético en la esfera más propia y familiar al niño; de los ejercicios manuales, que lo educan para el aprendizaje técnico y dan rienda suelta a la tendencia plástica y creadora de la fantasía; de las excursiones, ya antes mencionadas, uno de sus más poderosos elementos; de las cajas de ahorro, que habitúan al uso racional de los bienes.
Dadme el maestro y os abandono la organización, el local, los medios materiales; cuantos factores, en suma, contribuyen a auxiliar su función. Él se dará arte para suplir la insuficiencia o los vicios de cada uno de ellos.
Añadid todavía que sólo ella quizá ha completado el carácter enciclopédico de la primera y la segunda enseñanza, con la literatura, la antropología, la tecnología, la geología, las ciencias sociales, el arte.
Ese sistema, ya lo conocéis. La Institución no pretende limitarse a instruir, sino cooperar a que se formen hombre útiles al servicio de la humanidad y de la patria. Para esto, no desdeña una sola ocasión de intimar con sus alumnos, cuya custodia jamás fía a manos mercenarias, aun para los más subalternos pormenores, contra el uso reinante en toda Europa; novedad ésta, cuya importancia comprendía bien el último Congreso de Bruselas, donde al ser expuesta por uno de nuestros compañeros, obtuvo la adhesión más entusiasta. Sólo de esta suerte, dirigiendo el desenvolvimiento del alumno en todas relaciones, puede con sinceridad aspirarse a una acción verdaderamente educadora en aquellas esferas donde más apremia la necesidad de redimir nuestro espíritu: desde la génesis del carácter moral, tan flaco y enervado en una nación indiferente a su ruina, hasta el cuidado del cuerpo, comprometido, como tal vez en ningún otro pueblo de Europa, por una indiferencia nauseabunda; el desarrollo de la personalidad individual, nunca más necesario que cuando ha llegado a su apogeo la idolatría de la nivelación y de las grandes masas; la severa obediencia a la ley, contra el imperio del arbitrio, que tienta a cada hora entre nosotros la soberbia de gobernantes y de gobernados; el sacrificio ante la vocación sobre todo cálculo egoísta, único medio de robustecer en el porvenir nuestros enfermizos intereses sociales; el patriotismo sincero, leal, activo, que se avergüenza de perpetuar con sus imprudentes lisonjas males cuyo remedio parece inútil al servil egoísmo; el amor al trabajo, cuya ausencia hace de todo español un mendigo del Estado o de la vía pública; el odio a la mentira, uno de nuestros cánceres sociales, cuidadosamente mantenido por una ecuación corruptora; en fin, el espíritu de equidad y tolerancia, contra el frenesí exterminador que ciega entre nosotros a todos los partidos.
Quiera la Providencia bendecir nuestra obra, permitiéndonos cooperar a que disminuya, por poco que ello sea, la oscura sombra que, pese a estadísticas complacientes, señala todavía el lugar de esta tierra de España, no sé si en el mapa de la instrucción escolar, más sí en el de la prosperidad y la cultura. Aun los hombres egoístas, destituidos de ideal y que sólo pueden rendir a causas nobles el tributo del escarnio, no verán mal el día en que asegure el bienestar de esta sociedad una generación más pura, más severa, más digna, más honrada.
No desmayéis vosotros, que nos prestáis en esta obra de civilización, de paz y de trabajo el bienhechor concurso de vuestras simpatías. Nosotros, que tan de cerca y al por menor venimos sintiendo de hora en hora todos los obstáculos con que limitan por necesidad nuestros esfuerzos el triste cortejo de las pasiones mundanas, la hostilidad, de los unos, la incredulidad de los otros, el espíritu de partido, la calumnia, el desdén el desagradecimiento, y los mayores y más graves de todos, la incultura general de la nación y nuestra propia sensible inexperiencia, lejos de conturbarnos un momento, los hemos hallado siempre, gracias a vosotros ya a la confianza en nuestro fin, harto más livianos de lo que presumíamos, cuando los calculábamos como calcula el ingeniero el rozamiento perjudicial de sus máquinas. Antes, debemos a esas resistencias más de una lección y de un aplazamiento saludables. Recordad cómo doquiera es ley que sólo prevalezcan y arraiguen en las entrañas de la humanidad aquellos principios por cuyo triunfo ha menester rendir en holocausto lo más puro y más noble de su vida; mientras que, como dice nuestro Saavedra Fajardo, el vaso de vidrio, formado de un soplo, otro soplo lo rompe. Las obras lentas son las duraderas. Ojalá esta nación lo comprenda algún día.

[Fuente: Portal de Educación de la Junta de Comunidades de Castilla – La Mancha: Consejería de Educación y Ciencia (Discurso de apertura del curso académico 1880-1881)].

Acerca de TiempodeHistoria

Editor: Fernando Sígler Silvera. Doctor en Historia (UNED). ISSN 1885-6691. Copyright 2018.

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