Cubierta del libro.

Cubierta del libro.

La editorial Reino de Cordelia ha dado a la luz el libro Comuneros contra el Rey, de Manuel Azaña, en edición y prólogo de Isabelo Herreros y epílogo de Fidel Cordero. En esta obra Azaña vio en el movimiento comunero la primera revolución popular contra el absolutismo, “una apuesta lanzada hacia el futuro, tan moderna que seguía viva cuatro siglos después, en vísperas de la Segunda República”. Sumergiéndose en las fuentes de la época, el que fuera presidente de la República “demuestra la vigencia del pensamiento comunero tras examinar celosamente los documentos recopilados sobre la guerra y la revolución de aquellas Comunidades de Castilla entre 1520 y 1522”. En el ochenta aniversario de la muerte de Azaña, en esta obra el gran intelectual republicano confirma que “la sublevación castellana, de la que se cumplen ahora quinientos años, reclamaba igualdad, contribución fiscal para cualquiera —sin aceptar privilegios de la nobleza—, Cortes independientes de la voluntad real… y, en suma, todo lo que constituye una revolución moderna”, según expresa la editorial en la presentación de este libro.

Manuel Azaña
Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban [Francia], 1940), político, periodista y escritor, galardonado en 1929 con el Premio Nacional de Literatura. Su obra más conocida es La velada en Benicarló (1939), una reflexión sobre las causas y desenlace de la Guerra Civil española. En esta misma editorial también han aparecido las antologías Gentes de mi tiempo (2015), A la altura de las circunstancias (2016), Tierras de España (2017) y El arma de las letras (2018). Estudió Derecho en los agustinos de El Escorial, período que rememoró en su novela El jardín de los frailes (1927), y se licenció y doctoró con sobresaliente. Miembro de la Academia de Jurisprudencia desde 1899, en febrero de 1911 anunció su ideario político con la conferencia «El problema español». En 1912 es elegido secretario del Ateneo de Madrid y se afilia al Partido Reformista. Sus fracasados intentos por salir diputado en 1918 y 1923 le llevan al periodismo y la literatura; de esa época son las colaboraciones recogidas en Plumas y palabras (1930), La novela de Pepita Jiménez (1927), Valera en Italia (1929) y la obra teatral La Corona (1930).
Con el golpe de Estado de Primo de Rivera abandona en 1923 el Partido Reformista, un año después se declara republicano y en 1925 funda Acción Republicana. Elegido presidente del Ateneo de Madrid, una vez proclamada la Segunda República asume la cartera de la Guerra y en octubre de 1931 reemplaza a Niceto Alcalá-Zamora en la presidencia del Gobierno, cargo en el que estará hasta 1933 y al que regresará en 1936, ya como principal impulsor del partido Izquierda Republicana. Poco después asume la presidencia de la República.

Del prólogo de Isabelo Herreros
[…] Azaña se había mostrado muy crítico con la Historia de España que se impartía en los colegios, basada en una mitificación desmesurada de pasadas glorias y héroes, y centrada en los Reyes Católicos y la dinastía de los Austrias. Esta historia, que era la oficial, resucitaba siempre a los enemigos externos de España, y se utilizaba para avivar rencores y viejos agravios. Se exaltaba la alianza del altar y el trono, que nos había llevado a las más altas cotas del fanatismo y de la intolerancia, con la Inquisición, al tiempo que se ocultaba un pasado vinculado a otras corrientes humanitarias y liberales, o peor, se tergiversaba la historia de las luchas internas, y se demonizaba a los vencidos, como fue el caso de las Comunidades de Castilla. Es por lo mismo que se instala la duda y el cuestionamiento de los libros de Historia en el joven Azaña, y, cada vez que aborda un trabajo de crítica o de investigación, acude a diversas fuentes, documentos y archivos; no se conforma con lo que otros, aunque sean reputados historiadores, han escrito.
Entre los estudios que tenía Azaña en proyecto estaba uno de crítica de toda la literatura de la Generación del 98. No lo llevó a cabo, por pesar más en la balanza su vocación política, pero realizó algunas «incursiones», como en el caso de Ganivet. En 1921 publicó un artículo en La Pluma, a propósito de una serie de conferencias y homenajes que trataban de recuperar su figura, en unos casos para la exaltación nacionalista española y en otros como reivindicación de un crítico de nuestro país, con dolor de España, tan del gusto del 98.
[…] En la historia oficial queda la versión [defendida por Ganivet] de que los comuneros eran señores que defendían privilegios feudales frente al joven emperador que venía de Alemania. Tendrán que pasar muchos años para que sea reconocida esta relevante aportación historiográfica de Manuel Azaña, y será un hispanista, Joseph Pérez, quien lo haga en 1970, si bien no es hasta 1990 cuando sus estudios sobre los comuneros vean la luz en nues- tro país. Mientras tanto, durante todo el franquismo se siguen teniendo por buenas las peregrinas teorías de Ganivet, que a su vez seguía la senda de Manuel Danvila, pero sin moles- tarse en leer los documentos que este aporta también sin haberlos leído; así se ha escrito nuestra historia. Otro tanto, o peor, hizo Gregorio Marañón, tan del gusto de los de la Tercera España, que llegó a exponer la extravagante tesis de que el grito de guerra de los comuneros era el de Viva la Inquisición. Puede señalarse la excepción de José Antonio Maravall, muy valorado en los años ochenta, y lo hace Joseph Pérez, concediéndole que «desconocía las reflexiones de Azaña». Efectivamente, como señala el profesor Pérez: «Estamos ante un caso inaudito: ¡historiadores serios que se refieren a textos publicados pero que no los han leído!».

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