‘Palabras a los descendientes con motivo del homenaje a Rafael Altamira’, por Laura Alfonseca Giner de los Ríos

Palabras a los descendientes con motivo del homenaje a Rafael Altamira
Por Laura Alfonseca Giner de los Ríos

“¿El qué nos ha reunido este día a todos nosotros? Unos vínculos ancestrales; descendemos los aquí presentes de unas personas únicas e irrepetibles que dedicaron su vida a enseñar a pensar y a educar; a formar hombres y mujeres. En lo que a mí respecta el vínculo que me une a Pilar es muy entrañable; mi tío bisabuelo, Don Francisco, fue maestro de su abuelo; a su vez Don Rafael fue maestro de mi abuelo, Don Bernardo, quien finalmente, como presidente de la ILE en el exilio, fue el que leyó el discurso de despedida ante su tumba el día que lo enterraron en México. Después le rindió un bello homenaje editando un número especial del boletín dedicado al ‘Maestro Altamira’. Con los años nos conocimos Pilar y yo e inmediatamente conectamos, pues hablábamos el ‘mismo idioma’, ese idioma de los valores éticos y humanos. Lo mismo me pasa con Cristina Calandre, nieta de un gran amigo de mi abuelo, el Dr. Luís Calandre; ambos pertenecieron al grupo de los primeros 15 residentes de la Residencia de Estudiantes; consagraron su vida a trabajar y defender a la República; mi abuelo como ministro y Calandre como Vicepresidente de la Cruz Roja, Director del Hospital de Carabineros situado en la Residencia de Estudiantes y Subdelegado de la Junta para Ampliación de Estudios. Luego vino el exilio, que los separó físicamente pero no anímicamente”.
“¿Qué ha significado para mí ser descendiente de los Giner de los Ríos y todo lo que esto conlleva? O sea las ideas pedagógicas de Don Francisco y la Institución Libre de Enseñanza; por otro lado la presencia de mi abuelo Bernardo, ex ministro de la República y febril constructor de grupos escolares; la guerra civil de por medio y luego el exilio de mi familia en México.
Tanto mi abuelo como sus hijos, entre ellos mi madre, estudiaron en la ILE y estoy totalmente convencida que gracias a esa gran base pedagógica y educación recibida les fue mas fácil enfrentarse tanto en España como en otros países a la vida y sus bruscos cambios, ya que tuvieron las armas necesarias para adaptarse, ser abiertos y receptivos a otras culturas e idiomas y por tanto desenvolverse con toda naturalidad, independientemente de la tristeza de haber perdido la guerra y por tanto su patria.
¿Cuáles eran estas armas? La libertad de pensamiento, la capacidad de juicio y raciocinio, la fortaleza que da la seguridad en si mismo; aparte de toda esta vena humanista inculcada en la escuela como el respeto a las ideas de los demás, la tolerancia, la dignidad, la honestidad, cualidades éticas y morales únicas. Toda esta manera de ser y ‘saber ser y estar’ fue el ambiente en que crecí y me desenvolví. ¡Realmente fui una privilegiada! Fue mi mejor herencia.
En esta ruta del exilio familiar primero pasaron por Santo Domingo; ahí mi madre conoce a mi padre, dominicano e hijo de otro gran luchador contra la dictadura ahí reinante. Mi familia paterna también sale al exilio, con destino a México y posteriormente a Estados Unidos.
Mis padres viajaban mucho, así que viví en varios países sin el menor problema de adaptación; todo lo contrario ¡siempre era una aventura conocer otras culturas! Uno se vuelve receptivo a todo, forma parte de ese universo y se involucra en ese mundo nuevo. Recuerdo todas mis casas a lo largo de los países en que vivimos, todas llenas de cuadros, libros, fotos, plantas, artesanías locales; siempre decoradas con muy buen gusto, estéticas y modernas; el aire corría por todos sitios, eran alegres y confortables; crecí escuchando música clásica y también moderna, jazz, blues; no faltaron los franceses como la Piaf, Montand, Greco, Patachu y la música folklórica de cada lugar visitado. ¡Siempre había música!
Como considero que los recuerdos de la infancia son los más importantes y los que te marcan durante tu vida quiero hablar un momento de ellos.
Los primeros recuerdos son en Quito, Ecuador; vivíamos en una casa con un inmenso jardín arbolado (según mi memoria, a uno de chico todo se le hace inmenso). Mi madre, siempre conmigo, me contaba cuentos, jugábamos y cada vez que yo preguntaba cualquier cosa me decía: piensa un poco, observa…, y así lograba llegar a mis propias conclusiones. Así fue siempre, nunca me dieron las respuestas comidas y digeridas. Me la pasaba excursionando por el jardín y sus alrededores, me metía en todos los recovecos de la casa; un día vi la puerta abierta y me salí ‘a conocer el mundo, ¡menudo susto se pegaron mis padres! Pero no me regañaron, me dijeron que cuando quisiera salir se lo dijera y ellos encantados me acompañarían. Siempre los recuerdo leyendo, escuchando música, bailando y yo lógicamente los imitaba. Me recuerdo siempre pintando, escuchando cuentos, ‘leyendo’, bueno, más bien mirando las ilustraciones…, aún no sabía leer. Me preguntaban qué opinaba sobre x cosa; nunca me dieron un ‘no’ categórico por respuesta, se me explicaba el porqué de la negativa. Constantemente hubo un gran interés por saber qué queríamos y cómo nos sentíamos.
Mi primer recuerdo de viajes fue el del barco que nos trasladó de Quito a New York, me divertí como enana; cuando paramos en el canal de Panamá me quedé fascinada con esos hombres de piel negra, hacía 2.000 preguntas, que si era por el sol, que si estaban sin bañarse, finalmente me explicaron mis padres que había otras razas, y que ellos era de la raza negra que provenía de África. Para mi corta edad (5 años) ya había vivido en tres países y viajado en tren, avión y barco, viajes enriquecedores que se prolongaron a lo largo de mi vida.
Tengo dos recuerdos fijos en mi infancia con respecto al apellido y a la guerra; en el caso del primero, que era francamente agobiante, sucedió en México, lógicamente estudié en el Colegio Madrid, colegio fundado por el exilio español, cuya pedagogía se inspiraba en la ILE. Cada principio de curso, cuando los profesores pasaban la lista de asistencia siempre se paraban en mi nombre, Alfonseca Giner de los Ríos Laura, alzaban la vista y preguntaban: ‘¿Quién es?’. Yo levantaba el brazo diciendo: ‘Soy yo’. Mirándome me decían: ‘¡Tienes que hacer honor a tu apellido!’. Con 8 años yo no entendía qué hazañas tenia que llevar a cabo para esto del honor…; ya con los años me fui enterando.
El recuerdo ligado a la guerra es el de las lentejas, de chica no las quería ni probar pues un niño vecino mío, hijo de exilados también, me había dicho: ‘El día que te den sopa de lentejas, ni se te ocurra probarlas ¡son espantosas!’. Cuando me llegó ese día dije tranquilamente que no me gustaban y mi madre decía: ‘¡Pero si no las has probado! Si hubieses pasado hambre y una guerra como yo las comerías encantada’. Ahora que lo pienso, yo vine a probar las lentejas en Caracas casi a los 11 años de edad, se ve que mamá estaba hasta el gorro de las lentejas y no las volvió a cocinar en años. Ese era el único pleito que siempre tenía con ella: las dichosas lentejas, a tal grado que yo le preguntaba a papá que ‘a donde quedaba esto de la guerra pues quería irme un tiempo para ver si así me gustaban las lentejas como a mamá’. Finalmente me encantaron sin la necesidad de acudir a ninguna conflagración mundial.
Fue muy generoso y positivo por parte de mi madre y abuelos no trasladarnos a sus hijos esta angustia de la guerra vivida, realmente yo me vine a enterar de ella por la bronca de las lentejas; esto por otro lado demuestra su perfecta adaptación a su nueva realidad amén de la salud mental para alejar y tratar de superar esa pesadilla pasada. Pienso que toda esta fortaleza se la dio la educación humanista y el ambiente que la rodeaba.
No dudo que el matrimonio con mi padre, persona de un gran sentido del humor, que a pesar de haber quedado también sin patria no se vino abajo, todo lo contrario, siguió adelante, fue un gran apoyo, los hizo una pareja solidaria, fuerte y luchadora; por lo menos eso fue lo que yo sentí.
Ya con el tiempo me enteré quién había sido Don Francisco, Tío Paco le llamaba mi abuelo, pues la única referencia que tenía de él era su foto, misma que estaba en todas las casas de mis familiares. Me dio gusto comprobar que desde chica se me educó de acuerdo a los métodos pedagógicos de Don Francisco. En otras palabras se me respetó desde niña, se me enseñó a pensar; se me dio libertad de acción y pensamiento; nunca hubo tabúes ni prohibiciones sin explicación; se me motivó en todos los aspectos creativos y estéticos; se me inculcaron valores morales. Tanto en casa como en el colegio siempre se habló de todo, todos teníamos derecho a nuestra propia opinión; lo que se dice una sana práctica democrática; en resumen, se me dieron las armas para poder caminar sola por la vida.
Lo fundamental y primordial en la educación es que sea humanista y laica; se enseñe a razonar; se motive la creatividad, la investigación, la estética. El ser humano debe seguir investigando y creciendo y nunca perder la capacidad de asombro. Es curioso, nunca me había cuestionado sobre cómo se me había educado, para mi era algo totalmente natural mi manera de ser y de actuar, hasta que vine a España y constaté con la gente de mi edad el abismo que nos separaba en el aspecto educativo; no es lo mismo una educación laica en un país libre, que una confesional bajo una dictadura fascista; visto esto me alegró mucho haber nacido en México y pertenecer a esa España peregrina y transterrada”.


Madrid , 21 de diciembre de 2011.

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